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21-11-2017
"El público también quiere subir al escenario"
José Osvaldo Rondán
En “El secreto de la fama” Gabriel Zaid cuestiona, lúcido, cómo es posible que si en sus diálogos, Platón nunca describió qué era lo que Sócrates desayunaba; o ninguno de los Cuatro Evangelistas, detalló intimidad alguna sobre la vida privada de Jesucristo ¿por qué hoy existe esa creciente voracidad por saberlo todo de las figuras públicas?



Es como si la obra por sí misma ya no valiera, el concierto, el legado, el libro o el hallazgo ya no es suficiente, si es célebre debe ser público por todas partes, porque ya su trabajo no le da relevancia, la vida cierra el círculo y hace del espectador partícipe. Lo sube al escenario, desde las redes sociales o la comentocracia, con explosivas opiniones y al alimentar esa curiosidad insana que es el morbo.



No hablamos de una lectura ilustrada del artista, el personaje o sus archivos para comprender su obra, de un estudio del contexto y su biografía para saber sobre los influjos de sus opiniones e ideas; corrientes y manifestaciones; estilos y predicciones. Se tocan y tuercen temas que escudriñan en la frivolidad, la estulticia o la privacidad, efectos que no sólo han afectado a rubros de la comunicación como la publicidad y el periodismo sino también de la creación como a la industria del espectáculo y el mercado del arte.



Ejemplificamos con el extravagante caso del ex chófer de Yoko Ono, Koral Karsa, quien es el principal sospechoso del robo de un centenar de objetos que pertenecieron a John Lennon: diarios, postales partituras, gafas, dibujos, discos. Objetos de gran valor sentimental, exclusivamente para la familia, y que intentó vender en una casa de subastas de Berlín, el único responsable hasta ahora detenido.



Este triste pasaje fetichista, lejos de abundar más de fondo en los presuntos responsables y su carencia de escrúpulos para mercar con objetos privados, nos presenta un panorama donde existe un mercado dispuesto a pagar lo que sea por este material, independientemente de si es legal o no.



En una parte de su mentecita estos sujetos tuvieron a bien creer que se podrían hacer ricos a costas de viejos artículos y chismes del finado compositor. No estaban errados; se atoraron por su torpeza pero la casa de subastas valoraba los objetos en 3.1 millones de euros.



El creador se vuelve la obra y todos quieren tener una parte del mismo para sí. Devorarlo para después, escupirlo o llevar preconcepciones falsas y frívolas del personaje sin siquiera comprender la obra. Es más difícil de encontrar a alguien que conozca tres pinturas de Van Gogh (contando “La noche estrellada”), antes que la historia de su oreja.



La histeria ha llegado a un punto tan aberrante que distintas figuras públicas someten a sus empleados más cercanos a contratos de confidencialidad. Por su puesto que la destrucción de la carrera de Harvey Weinstein o Kevin Spacey, como la de quienes tengan que caer el Hollywood, son el otro extremo de esta línea y sus actitudes violentas serán siempre deplorables, independientemente de si son figuras públicas, artistas, creadores, panaderos, abogados, políticos, chóferes, maestros, estudiantes, barrenderos, empresarios o cajeros.
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