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17-04-2018
"Los cien años de Macondo, sueñan, sueñan en el aire"
José Osvaldo Rondán

Cien años de soledad es delineada por recuerdos puramente latinoamericanos que parecen magia, conjurada con los colores, entrañas y lenguaje de la región, abre paso a los fantasmas de la familia Buendía, colas de cerdo como castigo al incesto, los pergaminos del gitano Melquíades, cruces de cenizas indelebles. Una película de maravillas.

Sin embargo, la auténtica dosis de magia anida en el poder de resistencia de siete generaciones en lucha contra los embates heredados por su misma estirpe, todos enmarcados en “un engranaje de repeticiones irreparables, una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta la eternidad, de no haber sido por el desgaste progresivo e irremediable del eje” que finalmente termina por pulverizar a la familia fundadora del accidentado pueblo Macondo, tras veinte capítulos sin ningún sosiego para nadie, ni para los muertos.

¿Y cómo no? Si todo el poder de la historia latinoamericana se expresó en un concentrado que fue a dar sobre el pueblo y sus fundadores, periódica pero fulminante, hasta cargarse a todos. Y ahí está la lección histórica, los símbolos que se hacen arquetipos e internacionalizan a Gabriel García Márquez, el realismo mágico que no es otra cosa que el ritual paleolítico de contener en el arte, las anticipaciones de una naturaleza indómita, en este caso de la Historia, sin misterio alguno, pero sí tras el velo del pensamiento mágico.

No obstante, la atmósfera de portentos, ajena de toda lógica existe aún fuera de la misma novela, García Márquez habló de la solidaridad que permitió el nacimiento del libro, emitida por diversos cómplices, empezando por los morales como Álvaro Mutis encantado tan sólo al conocer los esbozos de la historia y la misma esposa de Gabriel, Mercedes Barcha, estupefacta al escuchar la lectura aislada de un par de capítulos inéditos de la novela.

En ese sentido también se suscitó una conspiración económica fraguada en las tiendas del barrio de San Ángel Inn, al sur de la Ciudad de México, donde está la casa en la que se escribieron los cien años de soledad, específicamente en el número 19 de la calle La Loma, cuyo dueño le perdonó hasta ocho meses de renta al escritor, bajo la arriesgada y cándida apuesta de que al terminar su libro, tendría solvencia para pagarlos, lo mismo el carnicero, el de la miscelánea, “todo el barrio estaba alborotado -recordaba el autor, satisfecho- porque un escritor estaba escribiendo un libro” e hicieron la misma apuesta a favor de García Márquez, quien para salir de sus últimos años de esterilidad creativa, también dio su resto y  dejó su trabajo como redactor publicitario de Walter Thompson y Stanton, sus guiones de cine El gallo de oro y Tiempo de morir; y hasta empeñó su coche por un año para poder dedicarse de lleno a la escritura de la historia que daba para varios tomos, si la vida entonces le hubiera sido tan generosa como lo fue después.

Y para surtirse de alquimia, herbolaria y hasta de la historia de las guerras civiles de Colombia, acudió a otro tipo de misceláneas extraídas del bagaje de José Emilio Pacheco y Juan Vicente Melo, sus últimos cómplices en esta fórmula de solidaridades.

Si bien García Márquez consideraba El otoño del patriarca como su mejor novela, Cien años de soledad, “epopeya del pueblo olvidado”, giró a su rededor en vida como esas mariposas amarillas en las que envolvió a Mauricio Babilonio; e igualmente a su muerte en 2014, Cien años de soledad estuvo presente en el homenaje del Palacio de Bellas Artes y hasta la fecha al frente del imaginario latinoamericano de donde paradójicamente abrevó para escribirla, también como “mariposas amarillas que vuelan liberadas”, escribió Daniel Camino Diez-Canseco para cantar, hasta que haya voz, la canción “Macondo”.

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